Al principio era amable, simpática, risueña. Pero después de unos meses de estar juntos se empezó a enfadar por pequeñas cosas: por ejemplo, le molestaba si no contestabas su mensaje antes de 20 minutos.

También empezó a meterse con tu forma de vestir: “tus camisetas con mensaje son cutres” – decía

Ponlo al revés: él era un encanto; cariñoso, comprensivo y respetuoso. Os vais a vivir juntos y al cabo de poco tiempo empiezan los malentendidos y las discusiones insoportables.

¿Te ha pasado alguna vez? Imagino que sí.

Mi experiencia: varias parejas y mi formación

A mí también me ha pasado. Para empezar he tenido más de una pareja, con lo que las discusiones y malentendidos han sido variopintos. Y para seguir, durante una época yo no estaba bien conmigo misma, así que las relaciones se complicaban pasado el enamoramiento hormonal.

Fue precisamente por una relación de pareja, en la que estaba muy mal, por la que comencé a hacer terapia Gestalt.

Después, formándome como terapeuta, he ido entendiendo muchas más cosas.

Por qué cambiamos al cabo de un tiempo

1. Llevamos dentro un niño interno y no lo sabemos

Cuando entramos en una relación de pareja puede que al cabo de un tiempo empecemos a desear que las cosas sean de una manera concreta, queremos que el otro haga o diga ciertas cosas o que deje de hacerlas.

Cuando esto nos despierta emociones muy intensas (nos enfadamos, conectamos con mucha tristeza, exigimos…) es señal de que hay una herida del pasado que no está curada; algo que vivimos de niños en relación con los padres y que aún arrastramos.

Llevamos dentro a un niño o niña interno que de alguna manera perdió durante un tiempo el contacto amoroso con sus padres (físicamente o emocionamente) y aprendió a buscarlo como pudo: llorando y reclamando atención, poniéndose en posición de indefenso, haciéndose el fuerte, no molestando ni pidiendo… cada uno hizo lo que supo.

Al entrar en pareja y oler la posibilidad del amor volvemos a repetir la forma de intentar tenerlo (¡o evitar el dolor de no tenerlo!).

Si, por ejemplo, en la relación con mis padres sentí abandono y llegué a la conclusión de que si me mostraba débil me protegerían, cuando empiece una relación de intimidad (y si no he puesto conciencia a lo que pasó) seguiré en ese rol de víctima buscando un salvador/protector.

Algunas personas piensan esto de forma inconsciente: Como me hicieron daño tengo derecho a ser feliz y por eso reclamo. Y, sin darse cuenta, reclaman a la persona equivocada: la pareja. Pedir un poco de eso que faltó a la pareja está bien, pero más es una carga pesada para el otro.

Además… incluso aunque el otro nos lo diera cada día nunca sería suficiente porque la herida fue con los padres y es con ellos con quien puede sanarse. Lo demás son tiritas pasajeras.

2. Tú también entras en juego.

“Sí” – estás pensando – “esto es justo lo que le pasa a él, ¿y ahora cómo lo hago para que cambie?”.

Como dice Chris Karr en esta frase que me hace reír: “El único momento en el que puedes cambiar a una persona es cuando lleva pañales”… Lo que sí puedes hacer es preguntarte cómo es que has acabado tú en esta situación. Suele pasar que la parte “herida” de la otra persona se complementa con la nuestra y entramos al juego: la víctima y la salvadora; la perfeccionista y el inseguro; el ausente con la abandonada.

Es como si dos personas bailan juntas pero bailan mal: el hombre parece que va cojo y la mujer le sigue: es un baile enfermo en el que los dos se adaptan. No disfrutan, no es bonito de ver, y sin embargo el movimiento sigue y los dos se acoplan y siguen bailando.

Qué es lo que podemos hacer.

Puedes empezar por poner conciencia a tu estilo relacional, ver si entras en alguno de los roles y observar si tu estilo alimenta el de la otra persona. Y desde ahí poner límites al comportamiento del otro.

En mi experiencia para poder lograr el amor sano en una pareja toca que ambos lleguen al núcleo del asunto: la sanación pasa por recuperar el movimiento amoroso hacia los padres y tomarlos tal cual fueron; con lo que nos dolió y lo que no. Y esto, a priori parece muy difícil, incluso uno dice: “ni en sueños, el daño fue demasiado”.

No se puede tomar a los padres leyendo sobre ello, ni siquiera pensando o analizándolo. Ante este proceso yo siento humildad y sólo puedo nombrarlo. Es con ejercicios, vivencias y trabajo emocional y corporal (además de teórico) que uno lo va logrando poco a poco.

Para acabar te cuento dos cosas importantes que también he constatado en persona:

1. Hablar las cosas no siempre sirve: por mucho que uno dialogue, si la herida con los padres no se la trabajan las dos personas, sólo hablar sobre los problemas no arregla las cosas.

2. Y si el daño en la relación es grande (o no hay manera de que el amor salga) no te quedes. No intentes salvarla a toda costa.

Cuéntame en los comentarios, más abajo, lo que piensas de todo esto.

Con cariño, hoy más que otros días.

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Cristina Enjuto
Trabajo en sesiones de psicoterapia con personas que buscan tomar una dirección a nivel personal y sentirse más seguras, tranquilas y capaces de lograr sus objetivos.
Soy terapeuta Gestalt, Master-Trainer en PNL y estoy formada en Psicoterapia Integrativa en el programa SAT de Claudio Naranjo. ¿Quieres saber cómo puedo ayudarte? Visita la pestaña "Servicios".

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